Aprendiendo a Ser Responsables

Constituirse como persona responsable implica ser capaz de asumir las consecuencias, buenas o malas, de las elecciones que hagamos en un momento o circunstancia determinados respecto de uno mismo o de los demás. Esto está íntimamente relacionado con el hecho de constituirnos como seres sociales en un contexto social.
 No existe ninguna posibilidad de constituirnos como sujetos sociales si no somos educados para ello desde el vamos, y esto implica el aprender a soportar la frustración, el rechazo o las limitaciones que los otros ponen a nuestros deseos o a nuestra libertad. Pero esto no se consigue de la noche a la mañana, es un proceso. Y como tal proceso, tiene un principio y quizás también un final.

 

Este aprendizaje es de vital importancia para nuestros hijos y es fundamental que desde el inicio concedamos a nuestros hijos un espacio para experimentar la relación que existe entre sus deseos y la realidad aun cuando no sean concientes de ello. Sin ese espacio, el niño crecerá atenazado por el miedo y la inseguridad, o bien con un inmenso sentimiento de soledad, abandono y culpa por no poder hallar la manera de regular sus impulsos o su conducta.
La responsabilidad está asimismo relacionada tanto con los límites que ponemos a nuestros hijos como con el desarrollo de la conciencia moral. De ahí que no podamos exigir lo mismo a un niño de dos-tres años que a uno de siete o a uno de nueve, a un adolescente o a un joven adulto.
Hasta los cuatro años, por ejemplo, tal y como lo indica Françoise Dolto, desde un punto de vista psiconeurológico, por lo general, un niño no está capacitado para poner en orden sus cosas. Pero eso no implica que no podamos hablar con el niño acerca de la necesidad de poner en orden los juguetes o de acomodar la cama, y dar ejemplo, explicando pacientemente por qué y cómo lo hacemos, con sus cosas y con las nuestras. Aunque nos parezca que el niño “no nos sigue”, inconcientemente, esta actitud nuestra va calando en el niño, y llegado el momento (alrededor de los 8 años y muchas veces mucho antes) no opondrá resistencia a hacerlo él mismo lo mejor que pueda, y es muy posible que incluso, para nuestra sorpresa,quiera hacerlo: poner en orden sus cosas, ayudarnos a lavar los platos, cocinar… planchar…
De acuerdo con Kohlberg y su teoría del desarrollo moral, en la primera etapa, en el nivel de la moral preconvencional, “El punto de vista propio … es el egocéntrico, no se reconocen los intereses de los otros como diferentes a los propios. Las acciones se consideran sólo físicamente, no se consideran las intenciones, y se confunde la perspectiva de la autoridad con la propia.”De ahí que influyan sobremanera el castigo y la obediencia más que ninguna otra cosa. Pero los padres no debemos aprovecharnos de este hecho reduciendo la educación al binomio “”premio-castigo”. Si bien para el niño nos erigimos como la autoridad máxima y como el modelo a imitar, un exceso de directividad infantiliza a nuestros hijos impidiéndoles conquistar la autodefensa de su seguridad y hacer que actúen de una manera tal que solo procure el dar placer al otro. O que caigamos en la perpetua negociación: “Si comes te regalo una chuchería” que puede rápidamente convertirse en “Comeré solo si me compras una chuchería.” Pero el que no optemos por esa estrategia sádica o perversa (premio-castigo, exceso de protección o de control, culto a la norma única, sumisión o imposición del modelo parental), tampoco debe hacernos caer en un liberalismo permisivo a ultranza que deja al niño sin nada en qué apoyarse u orientarse para tomar sus propias decisiones de manera apropiada.

A partir de los 4-5 años un niño comprenderá muy bien si le decimos que “Si encuentro juguetes tuyos tirados fuera de tu habitación, los confiscaré. Siempre los dejas donde no deberían estar; no debería haber juguetes tuyos en nuestro dormitorio, ni en el comedor ni en la cocina”, como sugiere Françoise Dolto. Pero no hay que ser maniático del orden y pretender que en su cuarto el niño mantenga a diario sus juguetes en orden, cada cosa en su lugar, de manera obsesiva, sino una vez a la semana, durante la limpieza general.
Volviendo a Kohlberg hay que entender que la última etapa del desarrollo moral (nivel 3, moral basada en principios), “La razón para hacer lo justo es que, racionalmente, se ve la validez de los principios y se llega a un compromiso con ellos. Este es el motivo de que se hable de autonomía moral en esta etapa.” ¡No podemos exigir a un niño de 5 años que se rija por esos valores y normas de convivencia!
Digamos que la primera responsabilidad del niño es jugar, experimentar y desarrollar sus habilidades a su manera y su curiosidad. Y que nuestra responsabilidad como padres es la de ocuparnos no solo de controlar o perseguir a nuestros hijos sino sobre todo de ocuparnos de nuestras propias tareas y metas con todo nuestro interés y esfuerzo. Solo entonces el niño comprenderá que su papel es ocuparse también de sus propias obligaciones, ya sea jugar o más adelante, estudiar y trabajar.
De acuerdo con el psicoanalista Claudio Jonás, habría tres tipos de límites:
  1. Límites como espacios diferenciados: se refiere al espacio psíquico único, a la construcción de un Yo, con sus “ritmos y gustos” y posibilidades; al espacio como lugar que ocupa cada uno de los miembros de la familia, su espacio íntimo, personal e intransferible (el propio cuarto, la propia cama, el dormitorio de los papás…), y a los roles de cada cual.
  2. Límites como metas o fines: se refiere a la capacidad de los padres para dar sostén y soporte a la necesidades físicas y psíquicas del niño a medida que crece, de manera que pueda elaborar y asimilar las tensiones que le producen todas aquellas cosas o situaciones generadoras de angustia, sobreexcitación, molestias, etc. y lograr una homeostasis.
  3. Límites como obstáculos: estos hacen referencia a los “noes” que deben ser coherentes y consecuentes, y que el niño debe entender como leyes que han de ser cumplidas por todos los miembros de la familia, de igual o de diferentes maneras por el bien de todos.
En palabras de Javier Gotiuzla realidad no es tan manipulable como puede imaginar un niño, y poner límites es comportarse como un representante de lo real frente a ese niño que busca un hilo conductor que le permita ir madurando e ir tomando sus propias decisiones. Dice Gotiuz, con razón, que “Lo que se observa últimamente es una declinación de la función de autoridad. Los padres esquivan el no, no ejercen la autoridad, y el niño luego tiene dificultades para incorporar normas sociales.”
 
Todo niño necesita saber que pertenece a un grupo social que se rige por unos criterios razonables, por unos parámetros determinados que propicien el que el niño reconozca en cualquier contexto al que asista, la existencia de unas reglas, lo conviertan en una persona lo suficientemente flexible como para tolerar un fracaso o una frustración, en suma, que le permitan convertirse él mismo en un sujeto responsable y capaz de poner límites a los demás.
http://directoriopsicologos.blogspot.com.es/2012/02/aprendiendo-ser-responsables.html
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