TDAH: Esos niños que no saben estarse quietos…

Los niños muy inquietos, impulsivos y que se distraen fácilmente pueden padecer el llamado trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), una enfermedad que afecta a uno de cada 20 alumnos. Con Doctissimo, descubre qué lo provoca y las maneras de tratarlo.

 

El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) es una enfermedad infantil que suele aparecer a partir de los 5 años y que puede producir impaciencia, ansiedad, distracción o dificultad para concentrarse. Según la gravedad de los síntomas, el niño puede ver afectados su desempeño escolar y su vida social.

Se estima que el trastorno afecta a un siete por ciento de la población infantil, y aunque el 75 por ciento de los niños que lo padece se cura de manera espontánea o mediante tratamiento, los expertos señalan que el 35 por ciento restante lo arrastra a lo largo de la edad adulta.

Causas del TDAH

En cuanto a las causas, son hereditarias en un 80 por ciento y por eso es frecuente que los niños con TDAH tengan un progenitor con la misma condición. “Sólo cuando se diagnostica al niño se descubre que el padre, la madre o incluso un tío también presentan la patología”, explica Francisco Montañés, jefe de la Unidad de Psiquiatría del Hospital Universitario Fundación Alcorcón y profesor de psicobiología de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid. El otro 20 por ciento responde a factores ambientales, sobre todo fumar durante el embarazo; también se cree que los conservantes de algunos alimentos pueden favorecer su aparición.

Biológicamente, el TDAH se caracteriza por un retraso en el desarrollo del lóbulo frontal de la corteza cerebral, que funciona “más lentamente e impide organizar la conducta de manera adecuada”, explica el psiquiatra.

Consecuencias del TDAH

En consecuencia, el niño tiene dificultad para controlar su comportamiento y sus emociones, de ahí que pueda tener, en palabras de Montañés, “raptos de agresividad, llanto aparentemente injustificado o una tendencia a moverse mucho y crear alboroto”.

Matías Abramov es un adolescente de 16 años y padece el trastorno desde los 6, aunque ya en forma mucho más leve. “En clase era muy distraído, respondía de manera muy impulsiva y luego de estar sentado durante un rato me levantaba de la silla y me iba del aula”, recuerda. Matías no era hiperactivo pero sí inquieto; perdía las cosas, se olvidaba de hacer los deberes y era muy desordenado. “Hubo un momento en que tenía cinco asignaturas en un solo cuaderno”, confiesa. Y así, terminó repitiendo de curso el año pasado. Un pequeño “retroceso” que sin embargo se ha tornado útil: “Este año estoy más atento y participo mucho”.

Además de afectar al rendimiento escolar, como le sucedió a Matías, los síntomas del TDAH pueden generar el rechazo de los demás

adecuadamente. Y las consecuencias de esta negligencia son graves, porque la persona, que tiene tendencia a ser impuntual, a improvisar y posponer, tendrá dificultades en su desarrollo laboral o padecerá adicciones a sustancias tóxicas que le ayuden a rendir.alumnos, que ven a su compañero como alguien “raro” o conflictivo. A largo plazo, estos “fracasos” pueden impactar en la autoestima del niño, “que quiere hacer las cosas bien, integrarse, pero no puede”, puntualiza el psiquiatra.

De manera que el diagnóstico precoz es fundamental. Para facilitar la detección, los médicos han establecido tres grupos de rasgos: impulsividad –por ejemplo, hablar mucho–; inatención –no escuchar–; e hiperactividad –saltar o moverse continuamente–. Así, para determinar que un niño padece TDAH debe mostrar síntomas de los dos primeros grupos y ser o no hiperactivo, explica Montañés.

La inatención es el rasgo que más persiste y el que suele arrastrarse en la edad adulta si el trastorno queda desatendido o no se trata

Un tratamiento de doble pilar
Una vez que se ha diagnosticado la patología, el tratamiento suele incluir terapia y medicación. El tipo de terapia que se recomienda es la conductual porque ayuda a canalizar la hiperactividad y la distracción en capacidades como la productividad o la creatividad. En cuanto a la medicación –un tema polémico por la poca edad de los pacientes–, es un estimulante del glóbulo frontal “y no un antidepresivo como a veces creen los padres”, puntualiza Montañés.

A Matías le recetaron metilfenidato, la droga “estrella” en el tratamiento del TDAH. Las dosis fueron aumentando progresivamente hasta comenzar a disminuir en el último año. “Ahora sólo lo tomo antes de un examen”, dice. A pesar de quitarle el apetito y volverle “muy callado”, el medicamento le ha ayudado enormemente, sobre todo en su capacidad de concentración. No obstante, Matías le atribuye gran importancia al “autocontrol” que ha debido desarrollar y al uso de estrategias, como estudiar caminando, que facilitan la convivencia con una condición que –dice– “nunca se cura del todo”.

Montañés señala que sin ayuda de los fármacos “muchos pacientes mejorarían espontáneamente” porque el lóbulo no está dañado, simplemente tarda más en alcanzar su actividad normal. De modo que “antes o después el comportamiento termina por regularizarse, aunque haya rasgos que persistan”, puntualiza. El tratamiento, pues, sirve como una suerte de muleta sobre la que el niño se apoya hasta que esta región del cerebro funcione plenamente.

El rol de los padres deviene otro pilar inamovible del tratamiento. “Deben dejar de ser padres para ser terapeutas”, considera Montañés. “En el Hospital de Alcorcón tratamos a toda la familia, lo que nos permite ver quién puede tener rasgos similares a los del niño, quién tiene más paciencia, etc. Paralelamente les enseñamos que, cuando están con el pequeño, todos deben decir lo mismo y al mismo tiempo”.

La consistencia, la neutralidad afectiva –“no perder los papeles”– y el uso de incentivos para estimular al pequeño son algunas de las medidas que los padres deben adoptar para favorecer el tratamiento, explica el psiquiatra.

Flavia Campos es la madre de Matías y aunque ni ella ni su marido acudieron  a una consulta –a pesar de que ella ve en su esposo características de la enfermedad, como la incapacidad de establecer prioridades–, participó muy activamente en la educación de su hijo, ayudándole ordenar los cuadernos de las asignaturas, a hacer resúmenes, a sintetizar. “Cuando veía una estructura, un orden en el contenido, se entusiasmaba”, recuerda Flavia, que en realidad adoptó en casa muchas de las técnicas que su hijo trabajaba en terapia, a la que acudió durante unos tres años.

En el colegio, es importante que el profesor adapte ciertas dinámicas al paciente, por ejemplo, permitirle hacer exámenes orales, que son más cortos que los escritos, y hacer que se siente en primera fila para obligarle a prestar más atención, etc. “Un alumno de cada 20 tiene esta patología, por lo que muchos profesores ya están familiarizados con sus características”.

Antes de concluir, Montañés resalta tres aspectos: la importancia de la detección precoz, lo útil de la terapia familiar y, sobre todo, la efectividad del metilfenidato, “que se utiliza desde hace más de 50 años”.

Y, a modo de aliento a los demás padres, Flavia asegura que el trastorno no necesariamente es algo grave, y que en su necesidad de superarlo los niños terminan “desarrollando una mayor capacidad de adaptación”. Pero, sobre todo, insiste en que “no hay que desvalorizarlos porque sean diferentes”.

http://salud.doctissimo.es/mente-sana/trastornos-mentales/tdah-esos-ninos-que-no-saben-estarse-quietos/pagina-2.html

Etiquetas: Psicología Infantil, Psicoterapia
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